48- El Salto

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La existencia aparente de un Ser Humano es muy diferente de su realidad más íntima. Mientras la vida exterior generalmente se teje de apegos, posesiones e incomprensiones, además de inercia en diversos grados, la vida profunda, nuestra vida interior, se inunda de paz y de armonía. De ella emerge la claridad, la acción inteligente y la libertad de un amor impersonal que todo lo abarca. Al escalar la montaña en dirección a la cima buscando nuevos horizontes, más amplios, muchas veces la persona se distrae e incursiona por senderos paralelos. Esto se debe a su comprensión inmadura de la vida, a su percepción superficial. Sin embargo, después de haber llegado a determinado nivel, al encontrarse frente al abismo que separa la vida común de la vida trascendente (que surge de vivir en Dios, ese Dios que está nada más ni nada menos que dentro de nosotros y no precisamente en una iglesia y nada más), tiene que transponerlo.

La impulsa únicamente la certeza interior de que debe proseguir. Ahora sin apoyos ni indicaciones externas acerca de lo que encontrará del otro lado, debe saltar. Cuando se da cuenta del valor de dar ese salto, un nuevo poder emerge del interior de su ser, un poder que devela los secretos del camino. Entonces ve que el pasado fue nada más que una preparación para la magnanimidad de lo que comienza a vivir. Y con más pureza irradiará la luz de los mundos internos (de su propio mundo interior y de toda la riqueza que existe dentro de sí mismo) sobre todo lo que lo rodea en los planos materiales de la existencia. Hoy más que nunca, hace falta ese descubrimiento, ese grado de servicio.

«EL HOMBRE FUERTE ROMPE LOS OBSTACULOS,

EL HOMBRE COLMADO POR EL ESPIRITU LOS ATRAVIESA COMO SI NO EXISTIESEN»






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